lunes, 6 de octubre de 2014

Entre sábanas

Los cuatro estábamos ya en las últimas, pero aún así nos dirigimos hacia ese bar tan conocido situado en el centro de la ciudad. Entre la multitud de la gente perdí a dos de ellos; mi restante amigo y yo fuimos a pedir unas copas en la barra, en la que nos atendió un tipo con gafas sin cristal que contaba chistes buenísimos.

 Antes de que mi amigo se diera cuenta, una joven nos estaba mirando con intensidad, mas concretamente, miraba con lujuria a mi amigo. La chica tenía un cuerpo de infarto, unos ojos grandes y el pelo corto; vestía como si acabara de salir de un taller pero aún así, tenía su morbo.
 Le doy un codazo a mi amigo y le digo que ahí hay una chica que parece interesada en él. Me suelta un bufido diciéndome: “¿Otra más que necesita mi “rabo”? ¿Cuándo me van las tías a dejar en paz una noche con los colegas?” Se encontraba tan indignado que se pidió otra copa aún más cargada que la anterior.

  Yo me alejé de la barra para que la chica tuviera campo libre, y como si adivinase mis intenciones se acercó a él, nada más marcharme yo. Desde una distancia prudencial, ya que no quería perder de vista a otro colega más y quedarme solo, presencié con todo lujo de detalles cómo la chica iba a saco con él. La joven le susurraba en el oído cosas guarras mientras le agarraba el “paquete”, le daba besos y caricias detrás de las orejas. Y él, se quedaba quieto como un imbécil que no se daba cuenta que había una chica que quería que le comiera el postre.

  Al final la chica se marchó decepcionada, me acerqué a mi amigo y le dije que cómo podía haber desaprovechado una oportunidad así, que en lugar de levantarse con él, lo hará sola entre sábanas vacías mientras el sol de la mañana toca su rostro recién bañado en lágrimas. Él me contestó: “No tío, no.”

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